sábado, 23 de marzo de 2013

Mi viaje a Gredos

Hacía mucho tiempo que deseaba hacer un viaje a la Sierra de Gredos. El fin de semana del por fin pude hacerlo.
El viernes por la tarde salimos desde Briviesca, cinco de las diez personas que al final fuimos.
Ya habíamos alquilado una casa rural en Robledillo para tal fin. A las veintiuna horas llegamos al pueblo, donde habíamos quedado con la dueña de la casa para entregarnos la llave. La señora nos condujo a la casa por unas callejuelas de tierra, y al final del pueblo se encontraba la casa rural. Cuando nos abrió la puerta y entramos lo primero que detecté fue un olor a cerrado muy profundo. Cuando la señora se fue, abrimos las ventanas para cambiar ese aire viciado que inundaba la estancia. Después de asearnos y cenar decidimos ir al pueblo más cercano Sotosancho, ya que Robledillo no tiene ningún bar. Una vez allí entramos en el primer bar que nos topamos: Bar Beatriz. Un bar pequeñito en el cual había seis hombres y una anciana toda vestida de negro sentada en una silla. Pedimos unos cafés y mis compañeros como vieron que había un futbolín decidieron jugar una partida. Armaban tanto escándalo que el dueño del bar cogió el mando a distancia del televisor y lo puso a todo volumen. Su intención no era echarnos sino que el señor intentaba oír a Bertín Osborne en el programa El Gran Prix. Pero era inútil el potenciómetro del televisor no daba más voz al aparato y mis compañeros gritaban: GOOOL... DOS A CEROS... ¡CUIDADO, CUIDADO! y superaban con creces al sonido del televisor. La anciana vestida de negro ni se inmutaba, moviendo lentamente la cabeza y los dedos de su mano derecha que golpeaban, suavemente, sobre su rodilla. Seguramente estaría recordando los tiempos de antaño o poniendo orden a algunas de sus experiencias. Cuando salimos de allí seguro que los dos únicos señores, que ya quedaban en el bar, lo agradecieron.
Llegó la hora de dormir y aquí llegó para mí el calvario: el colchón sonaba como si estuviese durmiendo encima de un saco de pimientos; la cama de hierro fundido hacía un ruido parecido a un xilofón; en la habitación de al lado alguno roncaba ya plácidamente, y yo esperando en posición supino que el sueño hiciese su aparición. No hubo forma, toda la noche sin dormir. A la seis de la mañana aquello empezó a parecerse a una zona rural: A las seis menos diez, cuando todavía no había hecho su aparición el albor de la mañana, un gallo lanzaba al cielo, alegremente, su canto; poco después un perro, avisado por su olfato, le ladraba a algún animal o persona que se movía por el entorno. A las siete menos cuarto ya no pude más, y muy sigilosamente, me levanté de la cama, me aseé y me asomé a una terraza que tenía la casa. El cielo estaba repleto de estrellas y la Osa y la Estrella Polar se veían perfectamente. La luna cornuda, también se mostraba esplendorosa.. Poco tiempo llevaba asomado y disfrutando del cielo cuando un burro, desde un corral que había pegado a la casa, lanzó unos poderosos rebuznos, seguramente protestando porque quería satisfacer cualquier necesidad. Ya vi que aquello sí era una auténtica casa rural. Lo único que eché de menos eran los cantos alegres y melodiosos de los pájaros, pero es que por allí no había ni un solo árbol. A las nueve menos algo decidí salir a la calle y dar un paseo para conocer dónde estábamos. No había dado veinte pasos cuando me crucé con un señor al que saludé dándole los buenos días. El señor levantó su mano izquierda en señal de saludo y me dijo con una voz dolida y quebrada: —Meme... meme... mejores días he tete...tete... tenido yo.
 Sobre las doce del sábado llegaron los otros componentes del grupo y después de descargar el equipaje nos fuimos directo para la Sierra de Gredos. Al llegar a la plataforma me quedé asombrado de la cantidad de coches que allí había, pero más asombrado me quedé cuando durante todo el trayecto era un continuo ir y venir de personas. ¡Esto debe ser maravilloso! —pensé yo. El camino estaba prefabricado con unas piedras y el paisaje no dejaba de ser montañas grisáceas manchadas de líquenes verdes. Ni un solo árbol, ni un solo pájaro, ningún tipo de animal si descontamos la infinidad de lagartijas que había en las rocas. Me empezaba a no gustar este recorrido. La ruta seguía y nada cambiaba. Llegamos a una fuente. La fuente de Cavadores. Todas las personas paraban en esta fuente y repostaban agua; el entorno seguía igual. Más adelante sobre unos riscos, vimos que había muchas personas y pensamos que algo diferente y atractivo había por allí. La atracción no era otra cosa que tres cabras del lugar que se dejaban fotografiar y dar de comer por los caminantes. Nosotros, como todo el mundo, nos fotografiamos con las cabras. La ruta continúa y llegamos hasta otra fuente: Fuente de Los Barrerones. Igual de personas repostando y refrescándose. Pero desde aquí ya se veía el refugio y el circo de Gredos. Al llegar al agua, había muchísimas personas que se refrescaban o bañaban en ella. Tres caballos hacían su recorrido por la zona. Al fondo el Almanzor con sus 2.596 m. se alzaba imponente, y a su derecha La Galana con sus 2.560 m. le acompañaba. Desde aquí no parecían esos picos tan duros como dicen que son, al contrario parecían de una facilidad relativa. Eso tendré que comprobarlo en una posterior aventura.
 Llegamos hasta el refugio, y allí tomando una cerveza, a pleno sol y tumbado sobre una piedra, el amigo Morfeo, que por la noche no se dignó a venir, hace acto de presencia y me transporta hasta su más placentera guarida. Mis compañeros se reían y sacaron todas las fotos que quisieron. Hicimos el regreso rápido, y a la orilla del agua almorzamos para seguir, después de un pequeño descanso, con la vuelta a casa. El domingo paramos en Ávila. Visitamos tranquilamente la ciudad, almorzamos en un restaurante y de vuelta a Briviesca que la ruta ha terminado.

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