miércoles, 20 de marzo de 2013

Historia de una mesa

El día 5 de Abril de 2.008, año que será famoso por la gran crisis que sufre el país, cinco caminantes se adentran en Los Montes Obarenes para ascender hasta la conocida Mesa de Oña.
Desde La Parte de Bureba inician su recorrido, dejando su coche a los pies de las encinas que bordean la cima. Apenas llevan 200 metros recorridos se encuentran con una construcción, ya derruida, donde antaño se obtenían piedras para la construcción de carreteras. En años no muy lejanos, gran cantidad de hombres trabajaban desde que el sol se despertaba por oriente hasta que se ocultaba por poniente. Trabajo duro, mal pagado y pesado donde los haya. Hombres con las manos encallecidas y ensangrentadas de soportar tanto dolor, de aguantar las inclemencias del tiempo: el frío invernal y los calores de los meses veraniegos. Después de tantas horas de trabajo y cuando el sol, lacayo de los patronos, terminaba su jornada, estos trabajadores bajaban a sus casas donde se lavaban el rostro y las manos en las jofainas, lebrillos, calderos o cualquier recipiente de que disponían, para más tarde recibir una poca sustanciosa sopa y, si había suerte, algún trozo de tocino acompañado con algunos tragos de vino, que alegraban un poco sus contraídos estómagos. Más tarde, la mayoría de ellos, se reunían al calor de una chimenea en invierno, o en plena calle en verano, para relatar sus aventuras, contar sus anécdotas o simplemente echar sus cánticos y aliviar en cierto grado sus pesares. Siempre mejor esto último que pararse a pensar y filosofar como lo hiciera Segismundo: ¡Ay. Mísero de mí, y ay, infelice! qué delito he cometido: Apurar ,cielos, pretendo, bastante causa ha tenido ya que me tratáis así vuestra justicia y rigor, qué delito cometí pues el delito mayor contra vosotros, naciendo; del hombre es haber nacido. aunque si nací, ya entiendo Contemplado esta construcción en silencio y cerrando los ojos, aún se puede oler sus cuerpos sudorosos, se puede oír sus lamentos y lastimeros gritos y si abriésemos los ojos y escrudiñaríamos en sus paredes encontraríamos muestras de sus gotas de sangre arrojadas continuamente en sus hercúleos esfuerzos. Los caminantes continúan su recorrido a través de un minúsculo cañón, que va ascendiendo muy lentamente, rodeados de encinas, bojes y alguna que otra planta que la primavera ha traído. Al llegar arriba se encuentran con una gran campa toda sembrada de glauca hierba y salpicada de puntos blancos producidos por las tempranas margaritas. Al final de la campa una choza, construida en piedra y con su tejado lleno de musgo, rodeada toda ella de los restos de una antigua muralla, que antiguamente servía de aprisco para el ganado, se alza como guardiana de todo este panorama. Se preguntan, nuestros caminantes, cuántos zagales habrán habitado esta choza; cuántos días de soledad habrán soportado tallando con sus navajas figuras, cucharas o cualquier otro artilugio sirviéndose de la madera del boj. O cuántos días, provistos de sus ocarinas, rabeles o flautas fabricadas con la madera del saúco, habrán lanzado al viento sus músicas mezclándose con los trinos multitudinarios de los pájaros, o con los ruidos ensordecedores de los truenos los días de tormentas. Cuánta soledad habrán soportados, llenando sus tímidos estómagos con algún mendrugo de pan y un trozo de chorizo o longaniza, que portaban en su ajados fardeles. Y siempre pertrechados con sus menesterosos ropajes sacaban redaños para soportar el interminable día y la ingrata labor. Nuestros caminantes prosiguen su camino siguiendo la ruta marcada en la tierra y que de no perderse les llevará hasta la Mesa. En algunos momentos alguna que otra mariposa con su vuelo zigzagueante se cruza en su camino. Crisálidas prematuras convertidas en bellos puntos coloridos e inquietos que no nos abandonarán hasta la llegada del próximo invierno. Han llegado hasta La Mesa y allí pueden contemplar una olla exprés colocada en el 2.002 por un grupo denominados “Almorzadores de Briviesca”. Después de admirar todo el paisaje en un día tan esplendido como el que están teniendo, los caminantes sacan sus provisiones y alimentan sus cuerpos para no desfallecer en cualquier momento, que al cuerpo hay que satisfacerles sus necesidades si no quiere que te dé algún improvisado disgusto. A continuación del almuerzo nuestros caminantes deciden ascender hasta otra cima que hay enfrente y a la que se denomina por los lugareños como el Cuchillos. Sin dificultad de ningún tipo consiguen su objetivo, y ya sólo les quedan regresar hasta sus hogares y guardar sus experiencias, para poderlas relatar en cualquier momento a sus amigos, hermanos, hijos o compañeros. Que nuestras vidas no sirven de nada si todo lo tenemos que reservar para nosotros mismos.

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