domingo, 21 de junio de 2015

La Montaña





El frío viento penetra con ira en cada poro de su  rostro. Avanza tranquilo y seguro por el luengo camino que se adentra en el hayedo. Al llegar a él, su rostro se lo agradeció. Allí, el viento ululaba  enredándose entre las ramas de las hayas.
Dos jóvenes, con sus respectivas cestas, se preparan para recolectar los tan buscados y afamados Boletus edulis, que por esta zona fructifican generosamente.
   Buenos días, ¿qué tal la busca?
   Todavía no hemos comenzado, pero cuando se vea algo mejor, vamos a llenarlas.
   Y tú, ¿adónde vas? le preguntó el otro.
   Al san Millán.
   Mal día has escogido. Hace mucho frío y el viento sopla de cojones.
   Eso es aquí a los novecientos; más arriba a los dos mil cien soplará más fuerte.
   No te quepa duda.
   Bueno, que os vaya bien y que el bosque os sea generoso.
   Adiós.
 Se conoce muy bien este recorrido y sabe que a partir de aquí el terreno se va haciendo más agreste; que le toca vadear varias veces el río (que en esta época del año aumenta bastante  su caudal) y que hay tramos donde se puede observar pequeños torrentes de aguas espumosas. A él le gusta observarlos, y quedarse un rato a escuchar los monótonos acordes que  desprende el golpear de las minúsculas gotas de agua sobre la dura roca del cauce. Allí, su corazón se ralentiza y le cuesta emprender de nuevo el camino. Su memoria se deslizó en el tobogán del tiempo  y retrocedió unos años atrás cuando por primera vez, en una primavera calurosa, vio este lugar. Las hayas estaban cubiertas con su infantiles hojas, y  la pradera, de la base de la montaña, repletas de los gualdos narcisos; en la ladera los arándanos, y, en las grietas de las rocas, las siemprevivas, además del brezo blanco, la dedalera y la amapola amarilla, entre otras muchas..

También (ya que había llovido algo los días anteriores) en alguna parte del camino se habían formado charcos y había que sortearlos para no mancharse mucho los bajos del pantalón.
Desde que se acaba el hayedo hasta la cumbre hay aproximadamente kilómetro y medio,  con un desnivel de cuatrocientos metros, pero lo más difícil era escalar la gélida roca. Cada año se notaba más el efecto de la gelifracción en este lugar.
Mas fuese como fuese tenía claro su objetivo: llegar a la cima.
Cuando llegó  allí, el viento soplaba con tanto ímpetu que era difícil conservar la verticalidad. Se  arrebujó contra una roca y desde allí sentado, disfrutaba del panorama que esta altura le ofrecía.
Otros días, con el sol en pleno apogeo, desde aquí columbraba todo el hayedo, el pinar, los brezales y cómo los infinitos riachuelos serpeaban por ambas laderas hasta confluir en el río principal. Un día pudo contemplar  cómo una mamá jabalina  con sus cinco jabatos, salían de los brezales para ascender la calva montaña, seguramente buscando un refugio más propicio para pasar el resto del día.
Hoy eso no sería posible ya que era día de caza. Al salir de casa ya había visto los todoterrenos con sus remolques-jaulas aparcados en la calle, y se escuchaba el vocerío de los cazadores que en el bar se refocilaban tomando sus cafés, sus copas de licor e iban comentando y perfilando sus senderos de muerte.
        No le gustaba la muerte: ni de los animales ni de las personas. Pero en este mundo todo era guerra y destrucción. Por eso no estaba de acuerdo con la Biblia que dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Un Dios que relegó a la mujer a una ergástula permanente.  Había muchas religiones y en todas ellas la mujer era discriminada, menospreciada e incluso sacrificada. En todas las religiones y culturas del mundo el hombre prevalece sobre la mujer. El hombre, ese hombre, este hombre, aquel hombre… Los hombres causantes de la mayoría de los males que sufre la humanidad. Miles de años gobernando y proclamando su supremacía y han sido incapaces de acabar con la guerra y las injusticias en el mundo. Si dios es así, mal Dios es.
Hoy sólo podía divisar un mar de nubes algodonosas que le transmitían paz, tranquilidad y felicidad. Era lo que estaba buscando; porque Clara y Pedro, esa pareja de enamorados que después de varios años de noviazgo habían decidido casarse, y que se juraron amor eterno, hace ya unos días que habían roto sus promesas y habían decidido de mutuo acuerdo que sus vidas siguiesen sendas diferentes. Ya estaba harto de noches de insomnio. Su barco del placer naufragaba y él lo sabía. Su cama era ahora un lecho pedregoso donde las noches se hacen eternas. Ya no sentía las descargas eléctricas que le erizaban el vello cada vez que las manos de ella  lo tocaban; ya no se besaban ardientemente ni  se decían miles de «te quiero», y ya hace tiempo que sus actos amorosos no acababan con sus cuerpos  sudorosos y acezantes en el tálamo. Se había cerrado una etapa de su vida y tenía que afrontarla del mejor modo posible. Ya había aprendido que  en toda contrariedad la mayor  desgracia  es el haber sido feliz anteriormente. Pero sabría superarlo; era fuerte y estaba más que preparado para esta situación. Además era sabedor que cualquier persona puede enloquecer si ésta no logra olvidar lo que le produce el dolor.
Así, sentado, contemplado este paisaje se dejó llevar en la góndola del sueño que lo transportó plácidamente a los más recónditos y bellos lugares de su memoria. Recordó a ella, la serenidad  y luz en sus ojos, sus labios gruesos y sensuales que invitaban al beso, sus palabras dulces y cultas. Recordó su luna de miel, lo bien que lo pasaron; sus muchos viajes a lugares extraordinarios y todos los segundos que supo hacerle el hombre más feliz del planeta.
            Eran ya las cuatro de la tarde cuando  despertó. Sufrió un intervalo de amnesia disociativa y no sabía dónde estaba. Miró aturdido en derredor suyo y pocos segundos después, se situó y comprendió que estaba en el san Millán. Levantarse le costó un gran esfuerzo y estuvo haciendo unas flexiones para recuperar la circulación en sus entumecidas extremidades. ¿Cómo podía haberse dormido allí, si el gélido frío  y el aquilón irascible no habían cesado? Se preguntó.
Siendo la hora que era no podía regresar por el mismo camino que había venido, ya que si la noche madrugaba lo atraparía en el camino y era mucho más dificultoso que por el otro lado: la bajada de un cortafuego. Que si bien era algo más largo, también era más seguro para poderse orientar y llegar a su destino. Así lo hizo.
Cuando llegó hasta el coche, se aseó algo en el río, se cambió de ropa y se preparó para marchar a casa. No había prisa de ningún tipo. No llegaría tarde porque nadie lo esperaba, nadie compartiría su mesa, nadie le contaría un chiste, nadie le comentaría esa noticia que había publicado la prensa, nadie vería con él una película sentados en el sofá, nadie acariciaría su pelo y sujetaría con amor  su mano; nadie, desde hace ya varias noches, dormiría en su cama.
Y es que desde hace ya unos días, sólo había dormido plácidamente y había tenido su rato de felicidad, en la cumbre de su amiga la montaña.

lunes, 15 de junio de 2015

Los toros, el fútbol y la caza.



Los toros, el fútbol y la caza.

Vaya por adelantado que no me gustan las corridas de toros, ni el fútbol ni la caza. Lo dejo aclarado para aquellas personas que le cuestan leer y sobre todo entender correctamente lo que leen, y para que así no haya mal entendidos.
Hoy en día se ataca continuamente a los toreros y a las corridas de toros, sobre todo porque se supone que es un mal trato animal, y en lo que estoy totalmente de acuerdo. También es verdad que a los toros no va nadie obligado y si la gente no fuese a los toros desaparecerían por sí mismo, solos sin necesidad de  prohibir nada. También es verdad que en los toros solo sale muerto el toro (de vez en cuando algún torero).
Como ya he dicho hay mal trato animal en las corridas de toros, pero yo me pregunto: ¿no hay mal trato animal en el fútbol? Me dice un amigo que en el fútbol no hay animales; cosa que como bien podéis colegir no estoy de acuerdo. El hombre es el peor animal que hay, el más cruel y el más destructivo. Es palmario que en  el fútbol la mayoría de los que van descargan su agresividad contra ese señor de negro que suelen denominar arbitro, y no solo en el campo sino que luego en las televisiones y en los programas de radio se siguen atacando  a esa persona; las mayoría  de las veces porque no nos han favorecido en nuestros deseos o porque creemos que se ha equivocado, (como si fuese tan fácil no equivocarse). Lo curioso es que en el fútbol se ve más violencia y agresividad que en los toros; en el fútbol se maltrata continuamente a otro animal y  entre otros animales y en el fútbol  o por consecuencias del fútbol  siempre hay más muertos que en las corridas de toros. Pero nadie sale a protestar por el fútbol o a pedir que se prohíba el fútbol.
Tenemos también la caza. Nadie sale a protestar por la caza de animales.
Será porque no se maltrata al animal. ¿Acaso alguna vez queda algún animal herido? ¿Creéis que ese jabalí, corzo o venado no sufre cuando lleva detrás una jauría de perros? Supongo que aquí no hay agresividad.
Pero, claro, la caza supone mucho dinero para el gobierno; mucho dinero para los ayuntamientos del que directamente o indirectamente todos nos beneficiamos. Mucho dinero para esas empresas de armas. Muchos puestos de trabajo.
Lo que me llama la atención es que nadie protesta por la caza, nadie sale en manifestación cuando hay una batida, y por supuesto nadie se atreve a pedir que se prohíba la caza. Me sorprende tanta aquiescencia en este sentido. Ahora sí es verdad que hoy a los cazadores se les conceden un privilegio más: cuando hay batida no podemos salir al campo ni los caminantes, ni los seteros, ni los ciclistas… aquí sí prohibimos pero a los demás, no a lo agresivos, no a los que proporcionan mal trato a los animales. Pero, evidente, las leyes siempre son justas, ¿tenéis duda?
A los toros no estamos obligados a ir; al fútbol no estamos obligados a ir, pero al campo sí que estamos obligados a no ir.

martes, 9 de junio de 2015

La historia de Miguelito y el bosque de Arcabuey



D
esde que un día oí hablar de este lugar en la cantina de un pequeño pueblo, siempre he deseado conocerlo. Según el señor que lo había nombrado, la Sierra de Arcabuey era un lugar encantador, fantástico y misterioso; sin duda el lugar más bello de toda Europa.
  Tengo muchas vacaciones y nada interesante que hacer, así que decido marcharme a conocerlo. Pertrechado con un mapa del lugar, una brújula, mi mochila y toda la indumentaria necesaria, además del  alimento correspondiente, me dirijo hacia el lugar.
  Como la distancia es considerable,  me levanto a las cinco de la mañana, hora en la cual la luna todavía acaricia el rostro de los enamorados rezagados.
  En mi viejo Seat Córdoba y sin prisa de ningún tipo llego a Sotofresco a las siete y treinta y dos minutos. Dejo el coche a la entrada del pueblo en un descampado lleno de hierbas, al lado de un antiquísimo arado romano del cual sobresalen el timón y el clavijero y que  no se ve el resto de lo que queda porque lo tapan unos cuantos cardos borriqueros y otras especies  de hierbas que allí se han acumulado. Voy a coger la cámara de fotos para fotografiarlo y veo que se me ha olvidado. Siempre está en la mochila, pero la última vez hubo acontecimiento familiar y la saqué no volviendo luego a colocarla en su sitio de costumbre. ¡Vaya chasco!
   Un grupúsculo de casas, construidas con piedras y con su tejado de pizarra, es todo el pueblo.
  Dos famélicos perros, de sabe Dios qué raza, salen a mi encuentro. Creo que intentan ladrarme, pero de sus encogidas gargantas sólo salen unos lastimeros gemidos. Me compadezco de ellos y saco de mi mochila un chorizo que parto en dos trozos y se los arrojo. Cada cual se lanza hacía su trozo y con la rapidez de un suspiro se lo engullen. Los dos me siguen mirando esperando el segundo bocado que no llegará.
  Cargo la mochila sobre mis espaldas y empiezo a caminar. Atravieso la única calle del pueblo sin que nada me haga pensar, excepto los dos perros, que en este lugar hay vida.
  El camino, de tierra roja, se alarga hasta donde se  divisan las primeras siluetas de unos árboles que conforman un espeso bosque.
  Llego hasta meterme en el interior del bosque y compruebo que son hayas enormes de gran belleza. Los pájaros más madrugadores, me reciben con sus trinos, y la frescura del bosque me envuelve y me hace estremecerme como los brazos de un amante envuelven y estremece el cuerpo de su amada. El viento se enreda entre las ramas de las hayas y las jóvenes hojas tiemblan, como enfermas, al verme pasar. La madrugada cabalga en su caballo de luz sobre la cumbre de la sierra.
   Unas dos horas llevo caminando en plena soledad, cuando observo que el bosque desaparece; con él, el camino y, continúa por una senda que progresivamente va ascendiendo entre las rocas hasta la cumbre de la montaña rocosa. Asciendo la montaña, tranquilo, sin prisa y observando todo lo que se me ofrece ante la vista. Al coronar la cumbre me encuentro una planicie de unos cuantos metros y delante un desfiladero enorme de algo más de cincuenta metros de longitud, que divide a la montaña en dos tramos. El único punto de contacto entre ellos es un puente natural de roca, de una anchura no mayor de treinta centímetros y sin nada a sus lados que sirva para asegurarme o quitarme el miedo. Al fondo, el agua de un río pasa brava y furiosa formando miles de espumas al chocar contra las rocas. Este inconveniente no estaba previsto, así que me estuve pensando un tiempo qué hacer: echarle valor y atravesarlo o volverme para atrás y desandar lo andando. Me parece muchos kilómetros recorridos para ahora volverme, así que decidí  atravesar el puente. La verdad es que si en este puente no hubiese tanta altura seguramente me atrevería hasta pasarlo corriendo, pero tenía una caída en vertical superior a los cien metros y una longitud de más de cincuenta. Eso era lo que me amedrentaba.
Coloco los brazos en cruz y como un funámbulo voy asegurando cada uno de los pasos que doy y acabo cruzando el puente; al llegar al otro lado respiro tranquilo y  me vuelvo para echar el último vistazo al desfiladero. ¡Uf, qué alivio!
  Compruebo al caminar unos cuantos metros que  en este otro extremo se termina la montaña y ahora toca bajar por otra senda; ésta más estrecha y sinuosa y con un desnivel muy pronunciado; incluso desde donde estoy no puedo distinguir bien si podré bajar sin tener que agarrarme a las rocas en algún tramo. Voy bajando y salvando los inconvenientes de una u otra forma. Cuando estoy en la mitad del recorrido me paro a observar y veo abajo en una gran campa un rebaño de cabras y a un joven que está apoyado en su cayado, protegida su cabeza con un sombrero de paja y que parece que me está observando. Me alegro de verlo y me apresuro a bajar el tramo que me queda.
  Por fin voy a encontrar a alguien con quien poder hablar y que me dé información  sobre el lugar.
  Al final del camino el brezo, la retama y el boj están muy altos y forman un pequeño túnel herbáceo que debo superar. Salgo a la campa y miro hacia todos lados, pero el joven no aparece por ningún sitio… y las cabras tampoco. En un rincón de esta campa crecen las gencianas amarillas formando un diminuto jardín. El joven no aparece.   Me llama la atención lo alta que está la hierba y que curiosamente me agacho, escudriño el suelo y no veo excrementos de ningún tipo de animal. Es imposible que aquí haya habido un rebaño de cabras y en el suelo no hayan depositado  sus excrementos en formas de bolas. Por más que me esfuerzo no encuentro nada y me tengo que dar por vencido y proseguir con mi ruta.
  Después de adentrarme otra vez en el bosque y sin apenas veinte minutos de recorrido, diviso un pueblo a lo lejos. Creo que aquí acabará ya mi ruta y ahora preguntaré en el pueblo si hay algún itinerario de regreso diferente al que he traído o sí debo regresar por el mismo sitio. No me satisface, pero no estoy seguro de nada.
  Llego al pueblo. Éste es algo mayor que el primero y hay en sus calles algunas personas. Me acerco a un grupo de ancianos que están tomando el sol sentados en un poyo de cemento, ubicado al abrigo de la pared de la vieja iglesia.
  ¡Buenos días!
  ¡Buenos días tenga el hermano me responden todos juntos.
  Saben ustedes, señores, si para volver a Sotofresco hay alguna ruta diferente a la que me ha traído hasta aquí.
  Y, ¿por dónde ha venido el hermano? me pregunta uno de ellos.
  Por esa montaña que está al sur del pueblole respondo.
  ¡Ah!  Por el bosque de Miguelito me dice uno de ellos.
  Yo creí que se llamaba de Arcabueyle contesto.
  Eso es para los libros, para nosotros se llama de Miguelito.
  Se puede saber por qué les pregunto.
  Hace ya muchos años teníamos un zagal que cuidaba de nuestras cabras que le llamábamos Miguelito. Un día mientras estaba con el rebaño en el campo, vino una gran tormenta con truenos, rayos y granizos incluido. Fue tan fuerte la tormenta y tan grande el granizo que prácticamente mató a todas las cabras del mozalbete. Él se pudo salvar gracias a que se cobijó en el tronco hueco de un roble. Al salir y comprobar que casi todas sus cabras habían muerto y creyéndose culpable no pudo soportar el dolor y llorando se arrojó por el desfiladero. Nunca se encontró su cuerpo, pero todo el mundo así se lo imaginó.
  Se cuenta que hoy en día a todo aquel que cruza este precipicio en solitario se le aparece Miguelito como aviso de que cruzar este bosque  es peligroso.
  Pero todo eso no deja de ser historia e invenciones de los antiguosme decía uno de ellos sonriendo.
  ¿Usted lo ha visto?me pregunta otro.
Yo, queriendo eludir el tema y para no contestar les digo: entonces tendré que volver por el mismo sitio.
  No, hermano, no es necesario. Si lo desea puede ir por la carretera, que desde aquí a Sotofresco sólo hay quince kilómetros; y si no desea andar más puede esperar a Abilio, el panadero, que seguro que si se lo pide le llevará gustoso.
  ¿Y  a qué hora viene el señor Abilio?
  Pues a la una del mediodía y suele ser bastante puntual.
Esperé a Abilio y después de pedirle que si me podía llevar accedió a ello. Durante el trayecto fue bastante hablador y me contó otra historia, diferente en algunas cosas, sobre Miguelito.
Me dejó en un cruce desde el cual llegar hasta el coche no me costaría más de quince minutos, porque él me aseguró que en Sotofresco no entraba porque hacía muchos años que ya no vivía nadie
  Llego al coche y me encuentro a los dos escuálidos perros que están sentados sobre sus patas traseras, cada uno a un lado del coche. Cuando me ven llegar se levantan y vienen hacia mí. Saco de la mochila un trozo de pan y un poco de lomo que me ha sobrado y se los lanzo. Se lo comen rápidamente; yo me subo al coche y regreso a casa.

Pájaros

Abejaruco (Merops apiaster) Abubilla ( Upupa epops) Urraca (Picapica)     Cigüeña ( Ciconia ciconia) Colirrojo tizó...