sábado, 26 de diciembre de 2015

La Madre



La Madre, se podía leer en la tapa del libro que ella sostenía en sus manos, y que estaba leyendo desde que se sentó en el banco de la estación de autobuses.  A estas horas se hallaba casi desierta; solo una pareja sentada en otro banco era toda la compañía que ella podía divisar desde su posición.

    Un grupo de seis jóvenes entran por la puerta con  gran alboroto. Risas, gritos y empujones de unos a otros delatan su presencia. Unos se sientan en un banco y los otros de pie, alrededor de los sentados,  así todos juntos prosiguen con su diversión. La estación hasta ahora casi desierta y silenciosa  ha  cobrado vida.
   Pocos minutos después un mendigo vestido con harapos, sucio, con una gorra publicitaria que ya no se sabe de qué color es, ni que empresa anuncia. Éste se dirige hacia el grupo de jóvenes, y, sin cortarse lo más mínimo, se planta delante de uno de ellos y con la mano extendida hacia él, el dedo pulgar hacia arriba y el dedo índice en línea recta (asemeja una pistola), los otros tres dedos cerrados sobre la palma, le espeta:¡bang!  Después se acerca el índice a los labios y sopla el dedo para despejar el imaginario humo de la dedil pistola.
   Los jóvenes, que al principio se han quedado todos mudos y sorprendidos, al ver concluir todo el ritual comienzan  a reír a grandes carcajadas. Uno de ellos  grita: “te ha dado en pleno corazón, Samu.” 
   Otro de ellos dice casi al mismo tiempo:
—¿De dónde cojones ha salido este Harry el sucio?
   El  mendigo no se ha inmutado nada con sus risas y sus gritos, y tal como hizo la primera vez vuelve a repetir su acto. Esta vez apunta hacia otro. Los jóvenes vuelven a soltar grandes carcajadas, y uno de ellos grita, mezclándose sus palabras  con la risa, lo que lo hace casi ininteligible:
  —Éste va acabar con todos  nosotros si no le quitamos el arma.
   Uno de ellos se va hacia el mendigo, le echa el brazo por el hombro y le dice muy delicadamente:
  —¿Te apetece fumar un cigarro con nosotros, Harry?
   Inmediatamente uno de los jóvenes saca tabaco y papel de liar y comienza confeccionar un cigarro. En poco segundos lo tiene preparado y se lo ofrece al recién bautizado Harry. Éste lo toma sin recelo  de ningún tipo y le pega una buena calada. Nada más acabar su calada, empieza a toser convulsivamente, agachando la cabeza e intentando expulsar todo el humo que ha aspirado. Después de un buen rato tosiendo y con los ojos llenos de lágrimas, Harry se incorpora, recupera la verticalidad y mira a todos los jóvenes, que en estos momento se están desternillando  y con sus ojos lacrimosos, todos de pie alrededor de él. Harry no dice nada, da la vuelta y se va hacia otro lugar.
La joven lectora que lo ha visto todo, teme que no habiendo nadie más en el andén que  la pareja, la cual no se ha inmutado lo más mínimo, y ella, ahora le toque a ella el tener que aguantar a Harry.
No se equivoca Harry se dirige hacia ella y a unos pasos le dice:
    —¡Estos cabrones han cargado el porro a tope!
    —Señorita, ¿a quién lee usted a Gorki o Pearl S. Buck?
   Cualquier cosa esperaba ella menos esa pregunta viniendo de este individuo, pero incluso así le respondió.
    —   Es Pearl S. Buck.
    —    A mí me gustó más la de Gorki.
    —   ¿Por cierto sabe usted que significa la ese.
    —   Pues, la verdad, es que no.
    —   La S. significa  Sydenstricker. Que pase usted buena noche—. Le dijo el mendigo mientras se alejaba de ella
     —   Oiga, oiga, señor— Le gritaba ella al mendigo.
Éste se volvió y vio como la joven le extendía la mano sujetando un billete de 10 euros y le dijo:
     —Tome y, por favor, no se lo gaste en vino.
     —   Yo no le he pedido nada, señorita.
     —   Ya lo sé, pero me gustaría que lo aceptase, por favor.
     —   Él coge el billete y le dice mirándola— Yo antes no era así, pero la muerte de mi madre, esta crisis y mi cerebro infestado de prejuicios y estulticia me han llevado a esta situación. Puede estar usted, señorita, segura que no lo gastaré en vino ni en nada de alcohol; ¡gracias, que pase buena noche!
El mendigo desaparece por la puerta, los jóvenes siguen con su alboroto esperando cualquier autobús o persona; la pareja sigue con su vida; ella prosigue con su lectura y la estación de autobuses sigue esperando los autobuses y sus clientes para trasladarlos a sus lugares correspondientes.

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