lunes, 6 de julio de 2015

Las jotas de don Ceferino






En un diminuto pueblo de esos que hay tantos en esta Castilla; pequeños pueblos condenados al olvido, pueblos rodeados de plomizos cerros y manchados de cenizos encinares. En un pueblo de ésos me encontré a Ceferino. Sentado en un banco de madera al apoyo de una pared de una vetusta casa del pueblo, disfrutando de un sol generoso, y teniendo enfrente la fuente que con dos abundantes chorros alimentaba un pilón.
Con su boina tapando un pelo níveo, apoyado en su cachava y pensando sepa Dios en qué, ni siquiera me vio llegar.
—¿Se puede beber esta agua? — Le pregunté y se dio un susto al verme.
—¿Qué si se puede beber? Este agua es de las mejores que hay por la zona. Yo llevo bebiéndola más de noventa años y sigo vivo.
Me respondió mientras me observaba de arriba a abajo e intentaba saber quién era y qué hacía yo por ese lugar.
— Cae buen chorro, pero ¿no estará contaminada con tantos abonos y pesticidas que ahora se usan? — Le dije.
— Este agua viene de la montaña y allí no se siembra. —Me respondió.
— Pocas personas se ven por el pueblo. — Le comente intentando de algún modo tener algo de conversación con él.
— Ahora ya no quedamos nada más que cuatro viejos, pero hace mucho tiempo aquí llegamos a vivir cuatrocientas personas, y teníamos hasta dos cantinas. Hoy en día sólo los fines de semana vienen algunos que están en las capitales. Y de las cantinas nada. No hay trabajo de ningún tipo y si no hay trabajo no hay vida.
Aquí el trabajo se fue marchando cuando llegaron las máquinas. Desde que no aramos con los bueyes, no vamos a por leña al monte y no segamos el trigo y la cebada con la hoz, esto se ha ido despoblando. Antes trabajábamos todos y, cuando la siega, venían los gallegos a echarnos una mano. Entonces el pueblo aumentaba de gente y había vida y juerga. Trabajo muy duro, sí señor, pero existía vida. Ahora sólo la compañía de la soledad, y no es ninguna mujer, ja, ja,ja.

Yo sé que cualquier persona como Ceferino es un libro interminable de anécdotas y recuerdos. Así que quise seguir conversando con él para ver si al final (como todas las personas mayores) arrancaba con sus recuerdos y me contaba algo de ese lugar.

— ¿Y qué busca por estos lugares? ¿Es periodista? —Me preguntó.

Me preguntó eso, seguramente, al verme con la cámara fotográfica al hombro.

— Nada. Dando un paseo y ver lo que puedo fotografiar. Cualquier cosa me vale.

—¿ Y cómo se llama el señor?—Me preguntó.
—Me llamo Paco.
—Paco… Paco por este pueblo no se llama nadie. Usted no es del pueblo. A mí no se me escapa ninguna cara.
—No. No soy del pueblo. Soy de muy lejos de aquí. Pero qué raro que nadie se llame Paco; si es un nombre muy común.
—Aquí no hay ningún Paco. Aquí están: Inocencio, Tiburcio, Ordulio, Primitivo, Maximino, Abundio, Cayetano, Porfirio y otros muchos…, pero Paco, ni uno.
—Pues vaya nombres que tenéis aquí, éstos sí que son raros. —Le dije.
—Raros dices. Raros son los que ponen ahora a los niños. Enai, Igor, Gersio, Álex, Cristian y todos esos nombrajos que no hay persona que los pronuncie.

Me imagino que algunos nombres los ha modificado a su antojo, pero yo ya he comprobado que corregirlos no sirve de nada. Como mucho, lo repite una vez correctamente, pero a la próxima vuelven a lo suyo.
—Pues sí que estoy aprendiendo hoy cosas interesantes —Le dije yo para ver por dónde me salía.
—Nosotros los viejos podemos enseñar muchas cosas, pero los jóvenes ahora están atontados todos con el móvil y los ordenadores esos del carajo. Solo usan los dedos; nada de cerebro. Son todos uno chambones.

— Quieres conocer los cuatro mandamientos fundamentales? — Me soltó así de repente.
— ¿Pero no son diez? — Le contesto yo.
— Fundamentales solo cuatro. Ahí van, escucha:

El primero amar a Dios
el segundo a la botella,
el tercero a las mujeres
y el cuarto dormir con ellas.

Al terminar se echo a reír y me miraba para ver cuál era mi reacción.
Aprovecho esta circunstancia y voy y le suelto que aquí en el pueblo cuando había gente en la cantina se cantaría. Él me dijo que por supuesto y casi todos los hombres cantaban jotas muy picantes y de las que se iban aprendiendo cosas. Y dicho esto se me puso a cantar unas cuantas:
Estaban mujer y burra
y apostaron a correr,
a correr ganó la burra
pero a burra la mujer.

La mujer y la pistola
están hechas del mismo acero,
por eso pa que disparen
hay que montarlas primero.

Cantó unas cuantas más, todas relacionadas con las mujeres pero yo no me acuerdo de ellas. Cuando me pareció le dije que hoy en día no se puede hablar así, que le van a tratar de machista.

—Ja, ja, ja . Se reía gratamente.
— Te voy a cantar otras para que vea que trato todos los temas.

Ahora sí que estoy contento
que me ha dicho mi madre
que va hacerme unos calzones nuevos
con unos viejos de mi padre.

—¡Como para no estar contento! —Le dije.

Vicios no tengo ninguno,
nada más me gusta el vino,
de los naipes no me aparto
y a las mujeres me arrimo.

— Pues mira, es verdad, no tienes vicio. — Le volví a soltar mientras él no paraba de reír.
Cuando el grajo vuela bajo
hace un frío del carajo,
cuando ya no ves gorriones
hace un frío de cojones.

Y así me cantó estas cuantas que he puesto aquí y otras que al no conocerlas de nada se me han olvidado totalmente, pero yo creía que este hombre no se cansaría de cantar, y además de cantar es que no paraba de reírse y, cada vez que finalizaba una, me miraba a ver cómo reaccionaba. Cuando veía que le seguía escuchando, él seguía cantando. Y es que este hombre poco a poco iba desalojando sus recuerdos, anclados en su arcaica memoria.
— Pues vaya repertorio que tiene señor… A todo esto, ¿cuál es su nombre?
— Yo me llamo Ceferino, para servirle. Y con noventa y dos primaveras vividas.
— Y ahora va una poesía. A ver si averigua quién es su autor. — Me soltó, sin darme tiempo a decir nada, una larguísima poesía y de la cual solo recuerdos estos pocos versos que más me sorprendieron y de los que tome nota al instante.
Ya casi no soy nadie
soy tan sólo ese anhelo
que se pierde en la tarde.
— ¿Pero seguro que es de un poeta o no será un invento de usted? — Le contesté.
— No, nada es de un gran escritor y muy famoso.
—Bueno, don Ceferino, me tengo que marchar que lo pase usted bien y siga tan feliz con sus jotas.
Me voy del pueblo pensando en cuántos vastos días se pasará Ceferino sentado en el banco de la plaza, recordando con total claridad los actos de su infancia y juventud, mientras su más reciente pasado se le ha convertido en una inextricable tarea.
Cuando ya me alejaba me llamó Ceferino, y cuando me vuelvo a mirarlo me suelta:
Allá va la despedida
la que suelta los andaluces,
quién quiera saber, que aprenda,
quién quiera tener, que busque.

Se quedó riéndose a carcajadas mientras con la mano, la que no sujetaba la cachava, me saludaba en señal de despedida.
Cuando vuelvo a casa quiero comprobar si es verdad que la poesía tiene autor, y, efectivamente me encuentro que es de Jorge Luis Borges y titulada “Sábados”.
Para mí que Ceferino tendrá algo más que contarme que no sea jotas, pero eso será otro día.

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