martes, 9 de junio de 2015

La historia de Miguelito y el bosque de Arcabuey



D
esde que un día oí hablar de este lugar en la cantina de un pequeño pueblo, siempre he deseado conocerlo. Según el señor que lo había nombrado, la Sierra de Arcabuey era un lugar encantador, fantástico y misterioso; sin duda el lugar más bello de toda Europa.
  Tengo muchas vacaciones y nada interesante que hacer, así que decido marcharme a conocerlo. Pertrechado con un mapa del lugar, una brújula, mi mochila y toda la indumentaria necesaria, además del  alimento correspondiente, me dirijo hacia el lugar.
  Como la distancia es considerable,  me levanto a las cinco de la mañana, hora en la cual la luna todavía acaricia el rostro de los enamorados rezagados.
  En mi viejo Seat Córdoba y sin prisa de ningún tipo llego a Sotofresco a las siete y treinta y dos minutos. Dejo el coche a la entrada del pueblo en un descampado lleno de hierbas, al lado de un antiquísimo arado romano del cual sobresalen el timón y el clavijero y que  no se ve el resto de lo que queda porque lo tapan unos cuantos cardos borriqueros y otras especies  de hierbas que allí se han acumulado. Voy a coger la cámara de fotos para fotografiarlo y veo que se me ha olvidado. Siempre está en la mochila, pero la última vez hubo acontecimiento familiar y la saqué no volviendo luego a colocarla en su sitio de costumbre. ¡Vaya chasco!
   Un grupúsculo de casas, construidas con piedras y con su tejado de pizarra, es todo el pueblo.
  Dos famélicos perros, de sabe Dios qué raza, salen a mi encuentro. Creo que intentan ladrarme, pero de sus encogidas gargantas sólo salen unos lastimeros gemidos. Me compadezco de ellos y saco de mi mochila un chorizo que parto en dos trozos y se los arrojo. Cada cual se lanza hacía su trozo y con la rapidez de un suspiro se lo engullen. Los dos me siguen mirando esperando el segundo bocado que no llegará.
  Cargo la mochila sobre mis espaldas y empiezo a caminar. Atravieso la única calle del pueblo sin que nada me haga pensar, excepto los dos perros, que en este lugar hay vida.
  El camino, de tierra roja, se alarga hasta donde se  divisan las primeras siluetas de unos árboles que conforman un espeso bosque.
  Llego hasta meterme en el interior del bosque y compruebo que son hayas enormes de gran belleza. Los pájaros más madrugadores, me reciben con sus trinos, y la frescura del bosque me envuelve y me hace estremecerme como los brazos de un amante envuelven y estremece el cuerpo de su amada. El viento se enreda entre las ramas de las hayas y las jóvenes hojas tiemblan, como enfermas, al verme pasar. La madrugada cabalga en su caballo de luz sobre la cumbre de la sierra.
   Unas dos horas llevo caminando en plena soledad, cuando observo que el bosque desaparece; con él, el camino y, continúa por una senda que progresivamente va ascendiendo entre las rocas hasta la cumbre de la montaña rocosa. Asciendo la montaña, tranquilo, sin prisa y observando todo lo que se me ofrece ante la vista. Al coronar la cumbre me encuentro una planicie de unos cuantos metros y delante un desfiladero enorme de algo más de cincuenta metros de longitud, que divide a la montaña en dos tramos. El único punto de contacto entre ellos es un puente natural de roca, de una anchura no mayor de treinta centímetros y sin nada a sus lados que sirva para asegurarme o quitarme el miedo. Al fondo, el agua de un río pasa brava y furiosa formando miles de espumas al chocar contra las rocas. Este inconveniente no estaba previsto, así que me estuve pensando un tiempo qué hacer: echarle valor y atravesarlo o volverme para atrás y desandar lo andando. Me parece muchos kilómetros recorridos para ahora volverme, así que decidí  atravesar el puente. La verdad es que si en este puente no hubiese tanta altura seguramente me atrevería hasta pasarlo corriendo, pero tenía una caída en vertical superior a los cien metros y una longitud de más de cincuenta. Eso era lo que me amedrentaba.
Coloco los brazos en cruz y como un funámbulo voy asegurando cada uno de los pasos que doy y acabo cruzando el puente; al llegar al otro lado respiro tranquilo y  me vuelvo para echar el último vistazo al desfiladero. ¡Uf, qué alivio!
  Compruebo al caminar unos cuantos metros que  en este otro extremo se termina la montaña y ahora toca bajar por otra senda; ésta más estrecha y sinuosa y con un desnivel muy pronunciado; incluso desde donde estoy no puedo distinguir bien si podré bajar sin tener que agarrarme a las rocas en algún tramo. Voy bajando y salvando los inconvenientes de una u otra forma. Cuando estoy en la mitad del recorrido me paro a observar y veo abajo en una gran campa un rebaño de cabras y a un joven que está apoyado en su cayado, protegida su cabeza con un sombrero de paja y que parece que me está observando. Me alegro de verlo y me apresuro a bajar el tramo que me queda.
  Por fin voy a encontrar a alguien con quien poder hablar y que me dé información  sobre el lugar.
  Al final del camino el brezo, la retama y el boj están muy altos y forman un pequeño túnel herbáceo que debo superar. Salgo a la campa y miro hacia todos lados, pero el joven no aparece por ningún sitio… y las cabras tampoco. En un rincón de esta campa crecen las gencianas amarillas formando un diminuto jardín. El joven no aparece.   Me llama la atención lo alta que está la hierba y que curiosamente me agacho, escudriño el suelo y no veo excrementos de ningún tipo de animal. Es imposible que aquí haya habido un rebaño de cabras y en el suelo no hayan depositado  sus excrementos en formas de bolas. Por más que me esfuerzo no encuentro nada y me tengo que dar por vencido y proseguir con mi ruta.
  Después de adentrarme otra vez en el bosque y sin apenas veinte minutos de recorrido, diviso un pueblo a lo lejos. Creo que aquí acabará ya mi ruta y ahora preguntaré en el pueblo si hay algún itinerario de regreso diferente al que he traído o sí debo regresar por el mismo sitio. No me satisface, pero no estoy seguro de nada.
  Llego al pueblo. Éste es algo mayor que el primero y hay en sus calles algunas personas. Me acerco a un grupo de ancianos que están tomando el sol sentados en un poyo de cemento, ubicado al abrigo de la pared de la vieja iglesia.
  ¡Buenos días!
  ¡Buenos días tenga el hermano me responden todos juntos.
  Saben ustedes, señores, si para volver a Sotofresco hay alguna ruta diferente a la que me ha traído hasta aquí.
  Y, ¿por dónde ha venido el hermano? me pregunta uno de ellos.
  Por esa montaña que está al sur del pueblole respondo.
  ¡Ah!  Por el bosque de Miguelito me dice uno de ellos.
  Yo creí que se llamaba de Arcabueyle contesto.
  Eso es para los libros, para nosotros se llama de Miguelito.
  Se puede saber por qué les pregunto.
  Hace ya muchos años teníamos un zagal que cuidaba de nuestras cabras que le llamábamos Miguelito. Un día mientras estaba con el rebaño en el campo, vino una gran tormenta con truenos, rayos y granizos incluido. Fue tan fuerte la tormenta y tan grande el granizo que prácticamente mató a todas las cabras del mozalbete. Él se pudo salvar gracias a que se cobijó en el tronco hueco de un roble. Al salir y comprobar que casi todas sus cabras habían muerto y creyéndose culpable no pudo soportar el dolor y llorando se arrojó por el desfiladero. Nunca se encontró su cuerpo, pero todo el mundo así se lo imaginó.
  Se cuenta que hoy en día a todo aquel que cruza este precipicio en solitario se le aparece Miguelito como aviso de que cruzar este bosque  es peligroso.
  Pero todo eso no deja de ser historia e invenciones de los antiguosme decía uno de ellos sonriendo.
  ¿Usted lo ha visto?me pregunta otro.
Yo, queriendo eludir el tema y para no contestar les digo: entonces tendré que volver por el mismo sitio.
  No, hermano, no es necesario. Si lo desea puede ir por la carretera, que desde aquí a Sotofresco sólo hay quince kilómetros; y si no desea andar más puede esperar a Abilio, el panadero, que seguro que si se lo pide le llevará gustoso.
  ¿Y  a qué hora viene el señor Abilio?
  Pues a la una del mediodía y suele ser bastante puntual.
Esperé a Abilio y después de pedirle que si me podía llevar accedió a ello. Durante el trayecto fue bastante hablador y me contó otra historia, diferente en algunas cosas, sobre Miguelito.
Me dejó en un cruce desde el cual llegar hasta el coche no me costaría más de quince minutos, porque él me aseguró que en Sotofresco no entraba porque hacía muchos años que ya no vivía nadie
  Llego al coche y me encuentro a los dos escuálidos perros que están sentados sobre sus patas traseras, cada uno a un lado del coche. Cuando me ven llegar se levantan y vienen hacia mí. Saco de la mochila un trozo de pan y un poco de lomo que me ha sobrado y se los lanzo. Se lo comen rápidamente; yo me subo al coche y regreso a casa.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Breve historia triste para un tiempo peor.



                  
                            Había encendido un fuego en la vieja chimenea del vetusto caserón. Aún se conservaban en buen estado las robustas e imputrescibles vigas de sabina, que soportaban colosalmente la techumbre con gran cantidad de melancólicas tejas. Las puertas y ventanas, aunque en mal estado, se conservaban casi todas. Las paredes compuestas de grandes bloques de piedras resistían colosalmente al paso del tiempo. Entre sus intersticios vagaban silenciosos los suspiros, anhelos y tristezas de sus atávicos moradores. Se notaba que en este viejo caserón habitó, en otro tiempo, algún prócer del lugar.
                         Era la única casa del pueblo que se mantenía en pie, y tan solo restos de la iglesia y de un diminuto cementerio se podían columbrar desde aquí. En el cementerio quedaban unas pocas tumbas profanadas por las hierbas y los arbustos. Tumbas olvidadas de sus familiares igual que los ricos y los gobiernos se olvidan de los pobres. En el horizonte destacaban los montes tapizados de nieve y en sus laderas el pardo bosque de encinas.
                         Había escogido el mejor rincón de lugar para situar su saco de dormir; donde él ya sabe que estará más cercano al calor  del fuego, y el lugar mejor protegido del frío, del viento y de un posible aguacero. Con el resplandor de la llamas se observaban los brillos de la mugre acumulada en el saco. Fuera bramaba el ábrego, y las plantas de los cardos corredores rodaban presurosas  por la calle del pueblo.
                           En este recóndito lugar no habitaban ya ni los cansinos roedores. Éstos  habíanse ya marchado hace tiempo cuando la comida se extinguió por completo. Pues andando y andando había recalado en unos de los pueblos del silencio tan abundante en Castilla. Deambulaba por estos campos castellanos esperando que algún día este destino tan adverso  llegase a cambiar y en algún momento le fuese más favorable.
                         En el fuego se calentaba un recipiente de lata con agujas de pino, y en las ascuas de la hoguera se asaban unas bellotas, que era todo lo que pudo obtener del bosque. En pleno invierno era muy difícil sobrevivir y los alimentos escaseaban. En verano y otoño se alimentaba de frutas (manzanas, peras, cerezas, serbas, castañas, ciruelas, fresas...) y bayas (endrinas, madroños, moras, arándanos, uvas de oso...) que encontraba en el bosque o que tomaba de alguna huerta del lugar por donde transitaba.
                         De sobra sabe que en la ciudad es más fácil sobrevivir. Cualquier portal le puede servir de asilo, y en cualquier albergue para pobres puede comer y dormir unas noches. Pero siempre ha sido un fanático de la libertad y ahora mejor que nunca disfruta de ella. Estaba conociendo la amplia Castilla: sus pueblos, sus carreteras, sus caminos, sus bosques y sobre todo a sus gentes. En la ciudad las personas te ignoran, mas en los pueblos te observan, te preguntan, te dan conversación, y ,de vez en cuando, te ofrecen algún plato de comida.               ¡Cuánta sabiduría hay acumulada en los mayores de los pueblos, y cuánta necedad en los gobernantes!
                         Antes tenía un trabajo con el que vivía holgadamente, y unos ahorros con los que esperaba vivir en un futuro, pero la crisis cerró su empresa; un amigo banquero, gran fariseo y adulador, le aconsejó para que depositase sus ahorros en preferentes; una forma de robar legalmente, amparada en unas leyes injustas, con la aquiescencia de un gobierno compuesto por una hordas de ladrones y de una  justicia manipulable y trabada. Gracias a los generosos latrocinios de los políticos que estaban muy preocupados de su estado de bienestar  y muy poquito del bienestar del estado, hoy él se encontraba en esta situación: sin peculio ni predio de ningún tipo.
                          Ya se le había pasado por la cabeza, más de una vez, visitar a su amigo y abrirle las tripas con un cuchillo o elegir a  algún gobernante y llevárselo por delante, empero, su falta de valor o quizás su exceso de bonhomía nunca le había dejado.
                         Sabe que algún día no volverá a salir de su saco de dormir, y que en algún lugar perdido se quedará para siempre, por ese motivo le gustaría saber cuándo para poder destruir toda su documentación y así su familia no supusiese jamás de su paradero ni de su suerte.
                         Hoy, Nochebuena, sabiendo que en algunos lugares disfrutarán de cenas pantagruélicas, cenas que a más de uno le ocasionará daño, él después de tomar su mísera comida se introducirá en su saco de dormir, y, como todas las noches de un tiempo acá, volverá a soñar con esa mujer de nívea guedeja y  ojos negros con quien todos los días compartía su cena   y con quien veía la televisión y  escuchaba estoicamente sus cotilleos de los vecinos del lugar. Hoy como casi todos las noches volverá a soñar con su madre.
                          Lo más lamentable es que esto mismo se puede estar viviendo en algún lugar de esta putrefacta España.





jueves, 27 de marzo de 2014

Bueyes como leones



Miguel Hernández, el pastor, el poeta, el guerrero, el hombre que prefirió morir en la cárcel antes que caer de hinojos ante  la dictadura, es una persona que siempre me ha gustado.
Escribió el poeta:
Los bueyes doblan la frente,

imponentemente mansa,

delante de los castigos:

los leones la levantan

y al mismo tiempo castigan

con su clamorosa zarpa.

                                    ( Viento del pueblo)

No me gusta este gobierno corrupto, coercitivo, reductor que no le gusta la cultura y pretende volver al pueblo analfabeto, que deja morir en la calle o en los pasillos de los hospitales a los pobres, que desaloja de sus casas a los obreros protegiendo a los banqueros taimados y embaucadores, que no ofrece trabajo sino a sus familiares y amigos, y que se rodea de ilustres ignorantes a los que llaman asesores, dotándolos de suculentos sueldos. Tampoco me gusta esta oposición que ahora sabe encontrar solución a los problemas del país, pero que cuando estaba en el poder desgobernó y destruyó todo lo que tocaba, esta oposición que solo pretende recuperar el puesto de privilegio que antes tenía y prolongar así indefinidamente la bicefalia política que siempre  hemos tenido.
Gutta, gutta cavat lapidem, escribían los romanos.
Señores políticos ( perdón por lo de político) dejar de robar, recortar y restringir  que ya el pueblo está muy harto y puede ser que muy pronto los bueyes rujan como leones.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Árboles humanos



                
                       

L
os gallos, despertadores infalibles y naturales, anuncian con su quiquiriquí, quiquiriquí, la llegada del nuevo día. El cielo, poblado de enormes nubes oscuras, no presagia un día muy apacible. Una chimenea anuncia con su fumata que en esa casa se inicia la actividad diaria.
   El campesino con su sombrero ancho y oscuro, su rostro bronceado y curtido  por su exposición diaria a la intemperie, su jersey de lana gruesa y cuello alto,  sus pantalones de pana ajados por el paso del tiempo, sus botas de cuero lustradas con  cebo  y  un hacha en la mano, atraviesa con paso decidido la calle del pueblo.
   La noche anterior había nevado escasamente y el suelo se encontraba moteado de puntos blancos.
    En un patio cercano un par de perros, con sus ladridos, anuncian   que alguna persona o animal  pasa por la calle.
   El campesino, allí donde se bifurcan los caminos, escoge el de la izquierda que, ascendiendo y serpenteando, se adentra en el bosque; el otro  se dirige hacia el pantano.
   Una vez dentro del bosque el campesino se ve rodeado de hayas y robles y, en su parte derecha, por un conjunto de pinos: pinos de reforestación que vinieron a sustituir a los robles cuando hace una década un pirómano, amparado en la oscuridad de la noche, prendió fuego al bosque con el único objeto de regocijar su cruenta maldad.
   Miles de veces, miles de veces, había pasado el campesino por ese camino, miles de veces, y jamás se había percatado del viejo roble que con su tronco en forma de espantapájaros, con sus únicas dos ramas como brazos alzados, con un agujero negro de boca, (probablemente habitáculo común de una lechuza o búho), aparenta ser un cíclope  que controla  el paso del camino. Se pregunta por qué hoy le ha llamado la atención. Por qué hoy se ha dado cuenta de su forma quijotesca y cómo puede todavía seguir en pie sin que la motosierra de algún leñador o una fuerte ventisca  no lo hayan abatido. Después de estos segundos de meditación, el campesino emprende su camino y apenas ha terminado de  dar un paso cuando se oye una débil voz  espectral que le dice:
   ¡Hasta luego!
   Se queda parado y, girando la cabeza muy lentamente, mira al viejo roble; retrocede un  paso y mira hacia arriba…, hacia abajo…, hacia la derecha…, hacia la izquierda…, pero no ve a nadie ni a nada.
   Será la edad y el cansancio que me han jugado una mala pasada —piensa el campesino—. Decide continuar y cuando apenas ha terminado de dar  el primer paso se oye una voz, esta vez más fuerte y clara, que le dice:
   ¡Hasta luego!
   Se queda quieto, petrificado y asustado. Un escalofrío recorre  todo su cuerpo. Muy quieto, se gira lentamente, y con su rostro  contraído, mira al viejo roble. Nada nota fuera de lo normal. No hay ningún lugar o escondrijo donde alguien escondido le pueda estar gastando una broma.
 De frente mirando al roble,  al campesino se le viene a la mente los versos del poeta:

                    Ayer tarde
volvía yo con las nubes
que entraban bajo rosales
grande ternura redonda)
entre los troncos constantes.

La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles

   Mirando al roble  se pregunta: ¿Cuántos años  llevará el viejo roble controlando el camino? ¿Cuántos años hará que sus ramas no dan hojas ni  frutos? ¿Cuántas veces  sus bellotas, antes que la ventisca del crudo invierno las arrojasen al suelo y sirviesen de alimentos a los jabalíes y otros animales del bosque, alimentaron  a los arrendajos  y otras aves?
   Y sin darse cuenta, deja de pensar para pasar a una voz en forma de susurro que dice:
—Si tú viejo roble pudieses, me dirías: ¿Cuántos pájaros anidaron en tus ramas y alegraron con su canto el entorno del bosque? ¿Cuántos cazadores, escondidos tras tu tronco, esperaron pacientes sus trofeos de caza?  ¿Cuántos amantes abrazados a  tu tronco sellaron con un beso sus promesas de amor?
   El viejo roble sigue firme, erguido e impertérrito. El campesino decide continuar su camino, pero  en sentido contrario: hacía el pueblo. Cuando apenas ha dado el primer paso se escucha la misma voz, pero esta vez menos espectral y más jovial que le dice:
— ¡Gracias!
    El campesino no se da la vuelta y, con una sonrisa en la boca y la alegría manifiesta en su rostro, continúa andando.
   Este año el joven pino, alegre y revoltoso, que como un gladiador  compite con el brezo, la aulaga, la jara y la retama por poseer un trozo de terreno al borde del camino,  se ha salvado de ser  adorno navideño en la casa  del campesino.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Tejo milenario en Fresneda de la Sierra

El tejo (taxus bacatta) es un árbol dioico de hoja persistente. Todo en él es venenoso excepto el arilo color anaranjado que se forma alrededor del óvulo.
En el mundo existen  cinco géneros  con veinte  especies, pero en Europa solo existe una.
Este tejo está en Fresneda de la Sierra (Burgos) y para abarcar su tronco se necesitan que lo abracen seis personas.

X milla ciudad de Briviesca

 Hoy sábado, día 12 de septiembre, se ha celebrado la X milla ciudad de Briviesca. Ha contado con buen número de particpantes.